Venezuela asediada: la izquierda ante su prueba histórica
Crítica a la pasividad y al “falso dualismo” en el momento de la agresión

Mohammad Haghighat
Los recientes acontecimientos en torno a Venezuela no pueden explicarse simplemente en términos de «presión diplomática» o «diferencias políticas internas». Lo que ocurre hoy es la escalada de un proyecto imperialista a gran escala que ha ido más allá de las severas sanciones económicas para incluir la confiscación de petroleros, ataques con drones, operaciones militares limitadas y la amenaza abierta de una intervención directa.
Esto representa un claro retorno de Estados Unidos a la lógica de la Doctrina Monroe y al restablecimiento del «patio trasero» en el hemisferio occidental.
En tales circunstancias, cualquier ambigüedad teórica, suspensión de posiciones o “neutralidad” política no es simplemente un error analítico, sino una acción política con consecuencias objetivas; una acción que puede –consciente o inconscientemente– servir al proyecto de agresión.
Venezuela se ha convertido una vez más en un escenario donde el imperialismo desenmascarado exhibe su verdadera lógica: presión económica para quebrar la sociedad, una oposición dependiente para legitimarse políticamente y amenazas militares para imponer la voluntad suprema.
Lo que ocurre hoy contra este país no es una «crisis interna» ni un conflicto puramente político, sino un esfuerzo organizado para quebrantar la soberanía nacional y restaurar un orden servil en el hemisferio occidental.
En tales circunstancias, la cuestión no es solo la conducta de Estados Unidos ni el papel de la oposición dependiente; la cuestión principal es la prueba histórica de las fuerzas que se consideran antiimperialistas y de izquierda. Hay momentos en que la ambigüedad, el suspenso y el dualismo abstracto terminan a favor del agresor. Venezuela hoy es uno de esos momentos.
Sanciones, piratería y guerra de bajo coste
La incautación de petroleros que transportaban millones de litros de crudo, los ataques a embarcaciones en aguas cercanas y la muerte de decenas de personas son componentes de una guerra híbrida: una guerra que se libra sin declaración oficial, pero con resultados reales y sangrientos.
Las sanciones económicas, que han sometido al pueblo venezolano a una severa presión económica durante años, son precisamente el complemento de esta estrategia: debilitar a la sociedad desde dentro para preparar el terreno para el colapso político o la intervención militar.
La condena de estas acciones por parte de países y la opinión pública mundial, desde Latinoamérica hasta Asia, demuestra que no se trata de un «desacuerdo político», sino de un ataque al principio de soberanía nacional y al derecho internacional. Sin embargo, Estados Unidos ha demostrado claramente que la opinión pública mundial y las protestas de los gobiernos tienen el menor peso en sus cálculos.
Oposición dependiente y legitimación de la agresión
Uno de los componentes más peligrosos de la crisis venezolana no es solo la presión externa, sino el papel activo de un sector de la oposición nacional en allanar el camino para la agresión imperialista. Al frente de este movimiento se encuentra una figura que ya no puede ser simplemente llamada «crítica del Gobierno» ni «activista de la oposición»: María Corina Machado.
Machado ha pedido pública y reiteradamente a Estados Unidos:
—Intensificar sanciones contra Venezuela;
—Confiscar los bienes del país;
—E incluso mantener sobre la mesa la opción de una intervención militar directa.
Estas posturas, en un contexto de asedio económico, amenaza militar y ataques directos, ya no constituyen «disidencia política» ni «lucha democrática»; son más bien una solicitud formal de castigo colectivo a una nación y una invitación abierta a la agresión extranjera. En la historia política contemporánea, hay pocos ejemplos de una oposición que se haya posicionado tan abiertamente como socio estratégico de una potencia imperialista.
Otorgar premios internacionales y plataformas oficiales a tal figura forma parte del mismo proyecto de legitimación de la agresión: convertir al agente de presión extranjera en un «héroe de los derechos humanos» y a la víctima de las sanciones y la guerra económica en «responsable de la crisis». Este mecanismo se utilizó anteriormente en Libia y Siria, y sus desastrosas consecuencias para la población de estos países son evidentes.
En este contexto, la oposición afiliada no es un actor marginal, sino más bien parte de la arquitectura de la guerra híbrida contra Venezuela; una arquitectura sin la cual las sanciones, confiscaciones y amenazas militares no habrían procedido de manera tan imprudente.
La resistencia popular y la cuestión del Estado
Ante estas amenazas, el Gobierno venezolano –a pesar de todas las críticas a sus políticas y acciones–, como única estructura oficial y legal a disposición del pueblo, se ha visto obligado a organizar la defensa: movilización popular, milicias locales y educación pública para contrarrestar la agresión.
En este punto, debe quedar claro: sin preservar el marco del Estado y la soberanía nacional, no es posible una resistencia popular sostenible. La historia contemporánea ha demostrado claramente que el colapso del Estado no conduce ni a la «libertad» ni al «socialismo», sino al caos, la guerra civil, la intervención extranjera y la destrucción de las fuerzas progresistas.
La izquierda obnubilada: «No al imperialismo, no al Estado»
En tales circunstancias, se esperaba que la izquierda y las fuerzas comunistas, entendiendo el momento histórico, adoptaran una postura clara y responsable junto al pueblo y contra la agresión extranjera. Lamentablemente, el Partido Comunista de Venezuela y sectores de la izquierda han optado por un camino que no solo no favorece la resistencia, sino que la debilita.
El lema «Ni tutelaje imperialista ni continuismo autoritario» es un dualismo abstracto y engañoso, en una situación donde el imperialismo actúa objetivamente, armado y agresivamente. Distorsiona la contradicción principal y equipara al principal agente de la violencia —el imperialismo— con el Estado, que, a pesar de todas las críticas, es el único marco existente para la defensa colectiva.
Al adoptar esta postura, el Partido Comunista de Venezuela prácticamente se ha negado a:
—organizar la resistencia junto al pueblo;
—defender la soberanía nacional contra la agresión;
—y desempeñar su papel histórico en momentos críticos.
Esta pasividad no es ni «independencia de clase» ni una «posición de principios», sino una forma de evadir la responsabilidad política en un momento en que la historia exige una postura clara.
¿Cuál es el resultado práctico de tal enfoque?
Debilitar el frente interno, crear confusión política y abrir espacio para una oposición dependiente que se posiciona abiertamente del lado del enemigo extranjero. En la práctica, estas posturas —incluso si van acompañadas de la mención del «imperialismo»— ayudan a justificar y facilitar la agresión imperialista.
La experiencia histórica ha demostrado que una izquierda que rehuye defender la soberanía nacional ante una amenaza externa perderá no solo el Estado, sino también a sí misma y a su base social. El imperialismo, tras la victoria, no necesita una izquierda crítica.
Postura antiimperialista responsable
La postura realista y responsable ante la situación actual de Venezuela no consiste en la santificación del Estado ni en ignorar las contradicciones sociales y de clase. Más bien, tiene un orden histórico claro:
—Defensa incondicional de la soberanía nacional contra la agresión extranjera;
—Junto al pueblo y la resistencia organizada contra el imperialismo;
—Crítica al Gobierno desde una posición de independencia y en el marco del fortalecimiento de la resistencia nacional frente a las amenazas externas, no una crítica que, junto con la agresión, conduzca a debilitar el frente interno y legitimar la presión imperialista.
Cualquier línea que altere este orden, consciente o inconscientemente, contribuye a debilitar la resistencia y fortalecer el proyecto imperialista.
Palabras finales
Venezuela hoy no es solo un campo de batalla contra la agresión extranjera; es una prueba de la honestidad, la madurez política y la responsabilidad histórica de la izquierda global. Ante un pueblo que defiende su independencia bajo las sanciones más severas, la guerra económica y las amenazas militares, hay que plantar cara o quedar prácticamente relegado a los márgenes de la historia, refugiándose tras consignas abstractas. Los momentos decisivos no son el momento de «sentarse en dos sillas».
Traducción de 45-rpm.net
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