La socialdemocracia sobre Irán y su sesgo imperial
Cómo ciertos enfoques socialdemócratas, al denunciar al Gobierno iraní sin considerar el contexto geopolítico y de clase, pueden terminar reforzando narrativas funcionales al imperialismo, diluyendo el análisis materialista y debilitando una oposición antiimperialista coherente.

Rainer Shea
Para comprender por qué cualquier denuncia de la República Islámica favorece la guerra de Trump contra Irán, basta con analizar el impacto, no la intención. Este es un aspecto fundamental de la perspectiva materialista, y es la razón por la que muchos estadounidenses pacifistas que han explorado el concepto de «fabricación de consentimiento» también se han inclinado hacia el marxismo.
Cuando Zohran Mamdani u otros socialdemócratas critican al Gobierno iraní, objetivamente contribuyen a justificar la guerra, incluso cuando afirman estar en contra. Sin embargo, para comprender mejor el origen de esta postura y qué fuerzas la impulsan actualmente, debemos examinar los análisis sobre Irán publicados por Jacobin.
Se trata de una publicación que ofrece una forma de intentar conciliar la postura «antibelicista» o «anticapitalista» con el socialismo del Departamento de Estado que Zohran representa.
Un ejemplo de estos esfuerzos por conciliar dos tendencias contradictorias se encuentra en un ensayo publicado en enero por el profesor de historia Afshin Matin-Asgari en Jacobin, donde describió una facción política iraní que, según él, defendía la perspectiva más razonable. Esta perspectiva, si bien se declara en contra de los ataques de Washington y del ocupante sionista contra Irán, considera a instituciones como la Guardia Revolucionaria como enemigas.
Según esta visión, la Guardia Revolucionaria forma parte del problema y, por lo tanto, debe separarse del sistema económico. Matin-Asgari explicó cómo, en medio de la escalada estadounidense de los últimos años…
…una plétora de declaraciones públicas y cartas abiertas exigieron un «cambio de paradigma en el sistema de gobierno». Estas declaraciones provinieron de académicos, activistas de derechos humanos y de la sociedad civil, abogados, antiguos y actuales presos políticos, sindicalistas, organizaciones de mujeres, grupos étnicos y nacionales reprimidos y disidentes del régimen purgados.
Coincidieron en varios puntos clave: la liberación de los presos políticos; la libertad de formar partidos y asociaciones; el fin del control estatal sobre los medios de comunicación; la transferencia al Gobierno de los cuantiosos activos económicos controlados por el Líder Supremo y las instituciones no electas; y el cese de la participación de las instituciones militares, principalmente la Guardia Revolucionaria, en los asuntos económicos.
Todas las declaraciones también condenaron el ataque estadounidense-israelí contra Irán y rechazaron la posibilidad de un «cambio de régimen» mediante la intervención extranjera o un levantamiento violento.
Si bien las protestas han sido contenidas por la fuerza por el momento, persiste el estancamiento político que la República Islámica ha impuesto a una sociedad inquieta y ahora desesperada. Superar este estancamiento requiere un cambio político significativo, algo que el régimen se niega rotundamente a siquiera considerar.
Las declaraciones de apoyo de Trump a los manifestantes no han tenido ningún impacto perceptible en Irán, salvo el de fortalecer la represión de un régimen que atribuye las protestas a la intervención estadounidense e israelí.
Los cambios que prefiere el ala de Jacobin dentro de los Socialistas Democráticos de América (DSA) incluirían el desmantelamiento del orden económico del que forma parte la Guardia Revolucionaria. Pero, como explica Marius Trotter en Midwestern Marx, el poder económico de la Guardia Revolucionaria representa un pilar fundamental del poder de la clase trabajadora:
Es importante mencionar a la Guardia Revolucionaria iraní porque los medios occidentales suelen hablar de la «privatización» de los activos estatales iraníes, especialmente durante el mandato del presidente Ahmadineyad (2005-2013), cuando en realidad la mayoría de estas supuestas privatizaciones transfirieron empresas estatales (bajo la supervisión del parlamento iraní) a la Guardia Revolucionaria.
Así pues, los activos iraníes pasaron de control estatal a control estatal, no se trató de una privatización en absoluto, al menos no en el sentido neoliberal. Así pues, entre las empresas estatales, el sector oficialmente controlado por el Estado y las empresas gestionadas por la Guardia Revolucionaria, la mayor parte de la economía iraní está controlada directamente por el Estado o subvencionada por él.
En conclusión, la lección que se desprende de este análisis de la economía iraní es que, independientemente de si se la puede calificar técnicamente de socialista o no (a pesar de las numerosas controversias sobre qué es el socialismo), resulta evidente que no se trata de un sistema neoliberal ni de libre mercado.
El objetivo principal de este modelo económico es 1) garantizar la soberanía económica y la seguridad nacional de Irán y 2) proporcionar una red de seguridad para las clases trabajadoras y los pobres del campo, que constituyen la principal base de apoyo de la República Islámica. No se trata de enriquecer a individuos.
Es con este conocimiento sobre el carácter clasista del Gobierno iraní, específicamente de las partes del Gobierno que se alinean con la revolución islámica, que comprendemos la simplicidad de la visión socialdemócrata sobre Irán. Más que simplista, proviene de una ideología fundamentalmente pro capitalista, del tipo que busca desvincularse del lastre de clase que implica apoyar el capitalismo.
Se trata de una política pro imperialista y anticomunista «desclasista», que se declara del lado del «pueblo» o de la «democracia» mientras se muestra reacia a tomar partido en la lucha entre capitalistas y trabajadores.
Como también señala Trotter, los liberales e incluso algunos marxistas ignoran el conflicto de clases dentro de Irán, así como el contexto histórico que explica cómo este conflicto llegó a ser como es ahora. El proletariado iraní (y la facción más radical, afín a sus intereses antiimperialistas) lucha por superar la influencia no solo de la oligarquía iraní, sino también de la clase media cosmopolita.
Esta clase creció considerablemente gracias a los logros de la clase trabajadora, cuya dedicación a la resistencia al imperialismo permitió el avanzado desarrollo de Irán. Quienes integran la capa acomodada y de mentalidad liberal ahora buscan revertir los avances de la clase trabajadora y vender el país al poder imperial, sacrificando la autonomía nacional en aras del beneficio personal.
Esta es la verdadera naturaleza de la campaña para debilitar a la Guardia Revolucionaria: un proyecto que solo podría conducir a la privatización neoliberal, ya que, en realidad, las corporaciones y bancos multinacionales se harían con el control si Irán desmantelara sus elementos de Estado proletario.
Sin embargo, dada la forma en que la socialdemocracia y la izquierda académica presentan a estas fuerzas dentro de Irán, cabría pensar que son las más «revolucionarias», las más de izquierda. Esta es la contradicción y la trampa de la socialdemocracia: emplea frases o estéticas revolucionarias, mientras sirve al capital en todos los sentidos.
La clave de este tipo de engaño político reside en la sistemática omisión del análisis de clases, del lenguaje que aborde el conflicto central entre trabajo y capital. En ausencia de este análisis, resulta fácil fusionar retóricamente el concepto de socialismo con el cosmopolitismo pequeñoburgués de las ONG, del tipo que subyace a estos llamamientos de «izquierda» para acabar con el control económico estatal.
El problema es que este marco de comprensión desclasado es el marco por definición en la mayor parte de la política antibelicista. Cuanto más presentemos un análisis de clases claro, más cambiará esta situación y mejor preparado estará el movimiento antibelicista para librar una lucha antiimperialista coherente.
Traducción de 45-rpm.net
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