Izquierda antiimperialista y responsabilidad histórica
Un análisis sobre la crisis iraní en el marco de la guerra híbrida, las sanciones y el colapso del derecho internacional, que examina la tensión entre crítica interna y soberanía nacional, y defiende una izquierda que articule justicia social, independencia y responsabilidad política.

Alianza de Izquierda Antiimperialista Iraní
El problema de Irán hoy no puede explicarse con simples categorías políticas ni juicios morales abstractos.
Lo que enfrentamos no es simplemente una crisis de gobernanza, ni un simple descontento social, ni un simple conflicto ideológico; más bien, es la confluencia simultánea de presión económica, guerra psicológica, amenazas militares y proyectos abiertamente desestabilizadores en el marco de un orden global que ya ni siquiera pretende ser legalmente regular.
En tales circunstancias, cualquier análisis político, especialmente uno que se expresa desde una posición de “izquierda”, inevitablemente conlleva consecuencias políticas. La cuestión no es simplemente si las proposiciones son correctas o incorrectas; la cuestión es en qué lado de la balanza de poder se sitúa un análisis y qué papel desempeña en el verdadero campo de poder.
La izquierda, en un momento de amenaza existencial para el país, no puede fingir neutralidad ni escudarse en críticas abstractas y generales, porque este mismo «fingir neutralidad» es, en la práctica, una postura política.
El fin de la ilusión de neutralidad: cuando el derecho se retira del escenario mundial
El mundo contemporáneo ha entrado en una fase en la que el derecho y las instituciones internacionales se han visto cada vez más vaciados de su función restrictiva. El imperialismo hegemónico —especialmente en la persona de Estados Unidos y sus aliados— ya ni siquiera se molesta en ocultar la lógica de la fuerza.
Las sanciones económicas se han convertido en un instrumento oficial de guerra; una guerra destinada a la erosión social, la destrucción de la moneda nacional, el debilitamiento de la esperanza colectiva y la preparación del terreno para ataques políticos o militares. Al mismo tiempo, la amenaza de la fuerza militar no se expresa como último recurso, sino como parte de la «diplomacia normal».
En un mundo así, hablar de Irán sin considerar este contexto no es una simplificación, sino una eliminación activa de la lógica del poder. Una izquierda que reduce el papel del imperialismo a un “contexto ambiguo” o a un “factor secundario” separa efectivamente su análisis de la realidad material de la política global. Esta separación no es un mero error teórico; es un paso hacia el desarme analítico de una sociedad sometida a la guerra híbrida.
Una falacia peligrosa: Separar la crítica interna del contexto imperialista
Un error común en una sección del discurso de la llamada “izquierda” actual es la construcción de una falsa dicotomía entre “crítica interna radical” y “análisis antiimperialista”. Como si cualquier énfasis en el papel de las sanciones, las amenazas externas y los proyectos desestabilizadores significara ignorar la corrupción, la desigualdad y la opresión internas; como si cualquier crítica endógena severa fuera inherentemente progresista y liberadora.
La izquierda antiimperialista rechaza esta dualidad en su esencia. La cuestión no es elegir entre ambas, sino comprender su relación dialéctica. La crítica interna, divorciada del contexto de la guerra económica y la presión externa, tarde o temprano se convierte en una herramienta para legitimar dichas presiones.
La experiencia histórica ha demostrado que destacar unilateralmente las crisis internas, sin analizar el equilibrio de poder global, a menudo conduce al mismo resultado que el imperialismo espera: debilitar la cohesión social, erosionar el Estado-nación y preparar a la opinión pública para decisiones más difíciles.
La izquierda antiimperialista: el vínculo entre la justicia social y la independencia nacional
La izquierda antiimperialista no niega las crisis internas ni defiende el statu quo. Pero insiste en un principio fundamental: ningún proyecto de justicia puede conducir a la liberación si está divorciado de la cuestión de la independencia nacional y la integridad territorial.
La justicia social no se da en el vacío; encuentra sentido dentro de una entidad política independiente. Del mismo modo, la independencia construida sobre la injusticia crónica es inestable y frágil.
Desde esta perspectiva, la corrupción, la búsqueda de rentas, las divisiones de clase y las políticas económicas injustas no son simplemente dilemas morales o administrativos; son debilidades estratégicas que, en condiciones de guerra combinada, se convierten en una herramienta para el enemigo.
Pero la respuesta a esta realidad no es un llamado a debilitar la soberanía en el momento de la amenaza, sino un énfasis en las reformas endógenas, la implementación de la ley y la contención de la oligarquía en el marco de la preservación de la independencia y la cohesión nacionales.
La izquierda de la OTAN: Una crítica vacía de la lógica del poder
Para comprender la postura de la izquierda antiimperialista, inevitablemente debemos enfrentarnos a un fenómeno que puede denominarse —no como un insulto, sino como una tipología analítica— la «izquierda de la OTAN». Este movimiento no se considera necesariamente pro OTAN e incluso puede criticar al imperialismo a nivel discursivo. Pero la cuestión no es la reivindicación, sino el funcionamiento real del discurso.
La izquierda de la OTAN separa la crítica interna del contexto global. En esta narrativa, la estructura de poder interna opera como si estuviera en un vacío histórico y geopolítico; las sanciones se marginan, las amenazas militares se reducen a un simple «farol político» y la guerra económica y mediática combinada se reduce a «la excusa del gobierno».
El resultado de tal análisis, aunque se presente en términos duros y radicales, en última instancia reproduce la imagen misma que necesitan los aparatos de política exterior occidentales: un país «incapaz de reformas», «problemático» y «dispuesto a intervenir».
El error fundamental de este enfoque no reside en su crítica a la corrupción o la represión, sino en su negación de la lógica del poder global. Es como si se pudiera hablar de Irán hoy sin ver su lugar en la cadena de contradicciones imperialistas, su papel en las ecuaciones regionales y el coste de su resistencia al orden hegemónico. Este tipo de análisis, aunque tenga una intención justa, en la práctica priva a la sociedad de comprender el verdadero campo de batalla.
Cuando la “crítica radical” se convierte en facilitadora del colapso
En la experiencia histórica contemporánea, hemos visto en numerosas ocasiones cómo críticas aparentemente radicales, al separarse del análisis del equilibrio de poder, se convierten en facilitadoras de proyectos desestabilizadores. Libia, Siria e Irak no son excepciones, sino patrones recurrentes.
En todos estos casos, hubo verdaderas crisis internas; pero lo que provocó el desastre fue la conexión de estas crisis con la intervención extranjera y la eliminación del principio de soberanía nacional del horizonte del análisis y la acción política.
La izquierda de la OTAN, consciente o inconscientemente, se resbala precisamente en este punto. Al sobreenfatizar la “irreparabilidad” de la estructura interna, niega cualquier posibilidad de reforma endógena, sin ofrecer una alternativa real, independiente y popular.
En un mundo donde, uno tras otro, los proyectos de “cambio de régimen” desde el exterior han conducido al colapso, la guerra civil y la desintegración, tal negación no es radicalismo, sino irresponsabilidad histórica.
Aquí es precisamente donde la izquierda antiimperialista establece su línea de distinción: Crítica, sí; pero crítica que no desarme a la sociedad ante la presión externa. Protesta, sí; pero protesta que no se convierta en un trampolín para la intervención externa.
Justicia social y seguridad nacional: una falsa dicotomía
Una de las distorsiones más peligrosas del discurso político actual es la oposición entre justicia social y seguridad nacional. En algunas narrativas, cualquier mención de seguridad nacional se presenta como un «discurso de represión»; como si una sociedad pudiera estar simultáneamente bajo las sanciones más severas, amenazas militares y guerra psicológica, y aun así considerar el debate sobre seguridad una «desviación».
La izquierda antiimperialista ve esta dualidad como falsa. La seguridad nacional sin justicia social se convierte en un cascarón vacío; y la justicia social sin seguridad e independencia se convierte en un eslogan vacío.
En una guerra híbrida, la corrupción económica, la búsqueda de rentas, los juegos de divisas destructivos y las divisiones de clase no solo son injusticias, sino también amenazas directas a la seguridad nacional. Pero la respuesta a esta amenaza no es debilitar al país frente al enemigo, sino fortalecer la capacidad de reforma interna y reconstruir el vínculo entre el Estado y la sociedad.
La responsabilidad histórica de la izquierda en una era de colapso de las reglas
La izquierda, en la actualidad, se enfrenta a una disyuntiva histórica. Puede conformarse con una crítica que, por dura y apasionada que sea, en la práctica se ajusta a las narrativas imperialistas; o puede aceptar la responsabilidad más difícil: mantener el vínculo entre la justicia, la independencia y la racionalidad política.
En un mundo donde el derecho ha sido eliminado del escenario de las relaciones internacionales y el imperialismo, con una intimidación descarada, oprime a las naciones independientes —ya sea mediante la guerra económica y mediática o mediante amenazas e intervención militar—, una izquierda que no comprenda la lógica del poder tarde o temprano se convertirá en un adorno discursivo de ese poder.
La izquierda antiimperialista no acepta este rol. No porque defienda el statu quo, sino precisamente porque sabe que sin independencia no puede haber una liberación duradera.
Conclusión teórica: La izquierda antiimperialista como racionalidad de resistencia
Si formulamos la distinción de la izquierda antiimperialista a nivel teórico, más allá de las disputas cotidianas, debemos entenderla no simplemente como una «posición política», sino como una especie de racionalidad histórica; una racionalidad que se forma en la intersección de la justicia social, la independencia nacional y una comprensión realista de la lógica del poder global.
En este marco, la izquierda antiimperialista parte de una premisa simple pero decisiva:
El mundo contemporáneo es un mundo de conflictos asimétricos. Las potencias hegemónicas imponen su voluntad no mediante la ley, sino mediante sanciones, presión económica, guerra combinada, operaciones mediáticas y, de ser necesario, intervención militar. En un mundo así, ignorar la cuestión de la soberanía y la independencia nacionales no es una señal de radicalismo, sino de un simplismo peligroso.
La izquierda antiimperialista sabe que la justicia social, sin control sobre el destino político y económico del país, se convierte en una promesa vacía. La experiencia histórica ha demostrado que, en los países periféricos, el colapso de los Estados no ha conducido a la liberación de las masas, sino a la transferencia de riqueza, la destrucción de infraestructuras y la consolidación de formas de dominación más violentas.
Por lo tanto, la defensa de la independencia no es la suspensión de la justicia, sino la condición de su posibilidad.
En cambio, una izquierda que separa la crítica interna de este contexto contribuye inconscientemente a reproducir la misma lógica del imperialismo que necesita presión e intervención para legitimarse.
Esta izquierda, incluso si habla honestamente del sufrimiento del pueblo, termina llegando a un análisis que deja a la sociedad indefensa ante los proyectos de colapso. Aquí es donde se hace evidente la frontera entre la «crítica liberadora» y la «crítica desarmada».
La izquierda antiimperialista, en contraste con este enfoque, ni elimina ni suspende la crítica; La sitúa en un horizonte histórico específico: un horizonte en el que el equilibrio de poder, la amenaza externa y las consecuencias objetivas del colapso son parte integral del análisis. En lugar de simplificar la realidad, acepta su complejidad y, precisamente por ello, se mantiene fiel a la racionalidad política.
Las tareas históricas de la izquierda antiimperialista en la actualidad
Si aceptamos estos fundamentos teóricos, la izquierda antiimperialista, en la situación actual, se enfrenta a un conjunto de tareas específicas y urgentes; tareas que no son meramente morales, sino profundamente políticas y sociales.
En primer lugar, la tarea de la ilustración teórica y mediática.
La izquierda antiimperialista debe explicar claramente el vínculo entre la presión externa y las crisis internas, sin negar la corrupción, la desigualdad ni las ineficiencias reales. Esta ilustración no es propagandística ni unilateral, sino documentada, precisa y basada en un análisis del equilibrio de poder.
Exponer la guerra económica, las sanciones selectivas contra los medios de vida de las personas y los proyectos para normalizar el colapso forman parte de esta responsabilidad.
Segundo, defender simultáneamente la justicia social y la seguridad nacional.
La izquierda antiimperialista no puede permanecer en silencio ante la renta, la oligarquía, la corrupción estructural y las políticas económicas injustas, porque estas son precisamente las debilidades estratégicas que el enemigo capitaliza.
Pero esta crítica debe formularse de manera que no socave la cohesión nacional ni la legitimidad de la defensa del país. Combatir el «terrorismo económico» —desde la especulación monetaria hasta el saqueo de los recursos públicos— es tan esencial como enfrentar el caos organizado y los proyectos desestabilizadores.
Tercero, desmarcarse claramente de los proyectos subversivos e intervencionistas.
En ausencia de una oposición democrática endógena y legítima, cualquier llamado al colapso o a una «transición inmediata» desde el exterior convierte al país en un campo de competencia para las potencias extranjeras. La izquierda antiimperialista tiene la tarea de exponer esta ilusión y demostrar que las experiencias regionales siempre han pagado el precio de tales escenarios, junto con la gente.
Cuarto, fortalecer la solidaridad social contra una guerra de desgaste.
Una guerra híbrida no solo ataca la economía y la política; También capitaliza el agotamiento psicológico de la sociedad, las rupturas de identidad y la desconfianza mutua. La izquierda antiimperialista, con su énfasis en la dignidad humana, el diálogo social y el apoyo a los desfavorecidos, desempeña un papel clave en la neutralización de esta guerra de desgaste.
Conclusión: La izquierda, entre la excitación y la responsabilidad
En un momento en que las normas del derecho internacional han sido prácticamente abandonadas y el imperialismo, con una intimidación descarada, ha convertido a las naciones independientes en blanco de presiones económicas, mediáticas y militares, la responsabilidad de la izquierda es más pesada que nunca. El camino más fácil es recurrir a la crítica analítica apasionada pero sin fundamento; una crítica que desahoga la ira pero no abre un camino hacia la liberación.
La izquierda antiimperialista elige el camino más difícil: el camino de vincular la justicia con la independencia, la crítica con la racionalidad, y la liberación con la responsabilidad histórica.
Esta elección no es ni conservadurismo ni justificación del statu quo, sino un esfuerzo consciente por prevenir la catástrofe que se ha repetido tantas veces en la región. Precisamente por eso, esta izquierda sigue siendo peligrosa para los poderes dominantes y sigue siendo blanco de ataques.
Traducción de 45-rpm.net
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